Los movimientos subversivos en los últimas décadas en Latinoamérica tienen en Sendero Luminoso, en Perú, y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) a los dos casos más representativos.

A pesar de que ambas organizaciones guerrilleras-terroristas comparten fines y una formación política similares, la situación en la que se encuentran ambas es diametralmente opuesta.

Mientras las FARC lograron un Acuerdo de Paz con el Gobierno colombiano después de más de 50 años de conflicto, Sendero Luminoso fue desmantelado por la fuerza del Estado peruano, aunque continúa en la lucha armada.

¿Por qué ambos movimientos tomaron caminos tan distintos? Sus orígenes políticos son la primera razón.

Las FARC se fundaron en 1964 por radicales de izquierda que lograron asentarse en la selva colombiana. Dos años después, el grupo armado crea los estatutos en los que establece el objetivo de la guerrilla de tomar el poder junto con el sector obrero y trabajador del país.

Adoptaron una doctrina marxista-leninista a un nivel “elemental”, según el investigador Juan Guillermo Ferro, pues progresivamente su discurso comunista se hizo menos dogmático y se abrió a otras expresiones ideológicas.

Por su parte, Sendero Luminoso surgió en 1980 con el propósito de librar una guerra de carácter popular contra el Estado peruano.

Desde un principio se autodenominaron como un grupo de inclinación marxista -leninista-maoísta.

Esta última corriente política es diferente a las de las FARC. Uno de los principios que más permeó en la organización de Perú fue la convicción del uso indispensable de la violencia para lograr la revolución, como expresó Mao Tse-Tung.

“Hacer la revolución no es ofrecer un banquete, ni escribir una obra, ni pintar un cuadro o hacer un bordado; no puede ser tan elegante, tan pausada y fina, tan apacible, amable, cortés, moderada y magnánima.

“Una revolución es una insurrección, es un acto de violencia mediante el cual una clase derroca a otra”, aseguró una vez el ideólogo chino, sin imaginar que su afirmación influiría a un movimiento surgido al otro lado del Océano Pacífico.

Las estrategias de los gobiernos

Otra de las razones que hacen tan diferentes a los movimientos son las respuestas tomadas por las autoridades para solucionar las insurrecciones.

El Gobierno de Colombia, a diferencia del Estado peruano, intentó lograr la paz con las FARC en reiteradas ocasiones.

Primero durante el mandato de Belisario Betancourt (1984), después con los presidentes César Gaviria (1991) y Andrés Pastrana (1998) y, finalmente, en la administración actual de Juan Manuel Santos, con quien logró una negociación.

El Gobierno colombiano intentó desde la década de 1980 una alternativa pacífica para resolver el conflicto, a pesar de las constantes rupturas, en contraste con el Estado peruano, que nunca se interesó por un diálogo con Sendero Luminoso.

Al contrario, optó por una respuesta militar ante los actos de la organización terrorista, que incluían atentados contra civiles, como relata el Informe Final para la Comisión de la Verdad y Reconciliación de Perú.

La actuación de las fuerzas castrenses peruanas acarrearon una serie de abusos y violaciones a los derechos humanos de la ciudadanía, por los cuales se castigó al expresidente Alberto Fujimori y algunos de sus colaboradores.

En el informe oficial se establece que hay otros factores que agravaron el conflicto, como la postura centralista en la forma de gobernar, la cual ocasionó que la situación estuviera desatendida por muchos años.

Además, el reporte detalló que una terrible crisis económica, escándalos políticos y “autogolpes” de Estado durante el mandato de Fujimori, en 1992, también contribuyeron a la escalada de violencia durante la crisis.

Un sendero que se bifurca

Finalmente, la institucionalización de la lucha armada es otro factor que separa a ambos movimientos.

Las FARC lograron, después de años de insurgencia, una solución pacífica al acceder a firmar un acuerdo de paz con el Gobierno colombiano que contribuyó a la formación de un partido político.

En tanto, Sendero Luminoso mantiene algunos bastiones activos, negándose a dejar las armas a pesar de las acciones del Estado peruano, que ha ido eliminando por la fuerza a células y personajes importantes de la organización.

El fin de la problemática en Perú se ve distante, pues la resistencia de los senderistas se afianza con la liberación de algunos de sus líderes históricos, como el reciente caso de Martha Huatay, responsable de algunos de los peores atentados perpetrados por la agrupación contra civiles.

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